Notas del Editor 13-06-26
Prometieron terminar con la casta. Venían a erradicar los privilegios, a exponer a los corruptos, a barrer con décadas de hipocresía política y, según palabras del propio Presidente, a convertirse en la "solución moral" que la Argentina necesitaba.
La vara ética la colocaron ellos mismos a una altura inédita.
Y quizás por eso, cada nuevo escándalo termina golpeando con una fuerza mucho mayor.
Ya no se trata de la vieja política. Ya no se trata de "ellos". Se trata de quienes construyeron toda su identidad alrededor de la superioridad moral. De quienes aseguraban que el problema no era ideológico ni económico, sino ético.
Y entonces apareció el caso Adorni.
Patrimonios difíciles de explicar. Viajes y niveles de vida que generan interrogantes. Operaciones con criptomonedas que alimentan sospechas. Explicaciones que, lejos de aclarar, parecen multiplicar las dudas. Nada de esto ocurre en el vacío.
Antes fueron las denuncias por venta de candidaturas. Después llegó el escándalo de las valijas ingresadas sin controles aduaneros. Más tarde, las sospechas alrededor de la Agencia Nacional de Discapacidad y la compra de medicamentos. Y, por supuesto, el episodio de la criptomoneda $LIBRA, promocionada desde las más altas esferas del poder antes de desplomarse, dejando a miles de pequeños inversores con pérdidas y a unos pocos con ganancias extraordinarias.
Cada caso, por separado, podría encontrar defensores dispuestos a explicar que no hay condenas, que todo está siendo investigado o que existen interpretaciones alternativas. Pero el problema hace tiempo dejó de ser judicial.
Es político.
Y sobre todo, moral.
Cuando se llega al poder prometiendo ser la excepción, las explicaciones dejan de medirse con la vara habitual. Ya no alcanza con decir que "todos hacen lo mismo". Justamente, se suponía que habían llegado para demostrar lo contrario.
Sin embargo, quizás lo más llamativo no sean los escándalos nacionales. Lo verdaderamente revelador es el silencio.
También aquí, en esta ciudad.
Quienes durante años encontraron tiempo y entusiasmo para señalar cada desprolijidad ajena, hoy parecen atravesar una repentina afonía selectiva. Libertarios locales, simpatizantes y aliados circunstanciales del oficialismo nacional parecen haber descubierto las virtudes de la prudencia política. Y el silencio, en política, nunca es neutro.
A veces es estrategia. A veces es conveniencia.
Y otras veces, simplemente, es resignación frente a una realidad que ya no encaja con el relato.
Ese mutismo local tiene además un aliado indispensable: la ausencia casi absoluta de preguntas incómodas desde buena parte del ecosistema mediático.
Si algo caracteriza a ciertos medios locales es su extraordinaria capacidad para amplificar recorridas, replicar comunicados oficiales y cubrir inauguraciones con impecable prolijidad, mientras desarrollan una prudente indiferencia hacia aquellos temas que podrían generar algún grado de incomodidad política.
Y ejemplos no faltan.
Hace apenas unos días, las cuentas municipales correspondientes al ejercicio 2025 fueron aprobadas gracias a la cómoda mayoría oficialista, en una sesión donde las observaciones formuladas por la oposición parecieron despertar bastante menos interés que cualquier corte de cintas o fotografía institucional.
Poco importa que se hayan reiterado incompatibilidades expresamente contempladas por la Ley de Ética Pública. Poco importa que persistan interrogantes sobre el manejo de fondos extrapresupuestarios o sobre recursos descontados a los trabajadores cuyo destino merece, cuanto menos, explicaciones más convincentes. Lo verdaderamente importante parece ser que el municipio continúe figurando en rankings de transparencia fiscal, convenientemente exhibidos como prueba irrefutable de una prolijidad administrativa que, observada un poco más de cerca, comienza a mostrar algunas costuras bastante evidentes.
Después de todo, pocas cosas resultan más funcionales al poder que una transparencia convertida en eslogan: suficientemente vistosa para ser promocionada, pero no tanto como para resistir demasiadas preguntas.
Y cuando quienes deberían formular esas preguntas optan por la prudencia, el relato oficial encuentra el escenario perfecto para consolidarse. Y así, el círculo termina de cerrarse.
Los dirigentes callan.Los aliados acompañan. Los medios no preguntan.
Y la incomodidad queda reservada para quienes todavía insisten en comparar el discurso con la realidad. Tal vez ése sea el verdadero agotamiento de esta época.
No la indignación. La repetición. La necesidad de recordar, una y otra vez, promesas que todavía resuenan en los discursos mientras se desvanecen frente a los hechos.
El cansancio moral no consiste solamente en descubrir nuevas contradicciones. Consiste en comprobar que las viejas se administran cada vez con mayor naturalidad. Y quizás ahí resida la mayor decepción.
No en advertir que quienes prometían ser distintos terminan pareciéndose demasiado a aquello que decían combatir.
Sino en comprobar cuántos están dispuestos a mirar hacia otro lado para evitar reconocerlo.
Después vendrán las explicaciones. Las reinterpretaciones. Los posteos indignados dirigidos hacia otros. Las denuncias selectivas. Y hasta los aplausos.
Una pregunta seguirá flotando incómodamente sobre todos ellos: ¿qué ocurrió con aquella "solución moral" que prometieron ser?
Porque los gobiernos pasan. Los discursos cambian. Las alianzas se acomodan.
Pero hay algo que permanece inalterable: cuando la moral se convierte en una herramienta política, suele terminar siendo descartada con la misma facilidad con la que antes se la exhibía como bandera.